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1. A modo de reflexión: las vacaciones de verano. (ver)

2. Práctica de meditación:
tomando consciencia de uno mismo. (ver)

3. Transforma la mente. Por Swami Satyananda. (ver)

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1. A modo de reflexión: las vacaciones de verano.

casa A menudo las vacaciones de verano son el momento más esperado y deseado de todo el año. A menudo también, las vacaciones se convierten en foco de nuevas tensiones y frustraciones diversas. Supongo que de la experiencia surge el comentario cada vez más escuchado, “necesitamos unas vacaciones de las vacaciones.” Si ya durante el año el estrés, el agobio, las colas, el tráfico, la carretera, los niños, la organización, los planes, las deudas, etc, son preocupaciones constantes en nuestro día a día, tal parece que todos estos elementos, tan acostumbrados a ser ingredientes de nuestras vidas, se resistiesen a quedarse sin vacaciones y se nos cuelan en el paquete.

Hay que reconocer que muy pocos dominan el arte de saber qué hacer o, mejor dicho, qué no hacer con su tiempo libre.

Cierto es que el tiempo libre se ha convertido en una oportunidad de lujo, al alcance de muy pocos que deseen disponer de él en periodos más extendidos de lo habitual; no hay que olvidar que hay quienes disponen de abundante tiempo libre y son presas del aburrimiento y la monotonía. Por supuesto, que cada cual es libre de hacer con su tiempo lo que más le plazca, lo que sorprende es la sensación de frustración y ansiedad que muchas veces nos queda tras haber tenido la oportunidad de disfrutar de un tiempo para nosotros. Para que nuestro tiempo libre se convierta en un factor positivo y reparador, y que nos aporte una sensación de satisfacción personal, hemos de ser muy conscientes de qué es lo que verdaderamente necesitamos. Lo lamentable es que, paradójicamente, el tiempo libre se ha convertido en un elemento de consumo y dejamos que sean otros los que decidan por nosotros cómo disponer de éste o bien nos sentimos presionados a “llenar” este tiempo tan preciado acudiendo a los destinos más de moda, a los aeropuertos más abarrotados, a los restaurantes más indigestos, a las carreteras más mortales, a las playas más atiborradas, y un largo sin fin. Esto la mayoría. Luego hay grupos más selectos que se ocupan de personalizar un poco más sus periodos de descanso; escogen destinos más singulares, evitan (hasta donde es humanamente posible) las aglomeraciones, seleccionan otros periodos del año para desplazarse, administran su tiempo más exquisitamente…. Y sin embargo, o bien no logran desconectar mentalmente del trabajo y las preocupaciones, o este tiempo de descanso es tan sólo un paréntesis en medio de una vida que no es, esencialmente, la que quisieran llevar. La vuelta al trabajo  se convierte en un momento a veces angustioso, angustia provocada  por la posibilidad de haber vislumbrado otra realidad durante unos días. Sucede también que con el poco tiempo libre del que podemos gozar uno no puede hacer todo cuanto desearía: descansar, compartir tiempo con amigos, viajar, quedarse en casa de otra manera… así escoger una o dos de las alternativas, siempre conlleva  privarnos de otras. Ello nos obliga a ser aún más cuidadosos a la hora de prioritizar lo que queremos hacer. La gran tragedia es que si en nuestro día  a día pudiésemos disfrutar de mayor tiempo para nosotros mismos, para nuestra familia, para nuestros amigos, los períodos vacacionales se presentarían de manera distinta.
Nuestros días están tan sumamente saturados de responsabilidades y  obligaciones que resulta difícil en medio de este devenir comprender qué sentido tiene todo ello en nuestra vida o hacia dónde nos lleva realmente nuestra forma de vivir. La brecha entre lo que verdaderamente buscamos o necesitamos y cómo vivimos nuestras vidas cada vez se hace más grande; a veces, hasta el grado de estar tan identificados con lo que hacemos (más que con lo que somos), que nos resulta casi imposible saber qué es lo que verdaderamente deseamos. Sucede que, al disponer de tan poco tiempo libre en nuestra vida diaria, creamos toda una serie de expectativas que esperamos realizar durante nuestras vacaciones. Expectativas que en su mayoría no cumplimos. Como si en las vacaciones pudiésemos de pronto vivir de manera distinta a como generalmente lo hacemos. O como si durante las vacaciones pudiésemos transformarnos en seres diferentes a los que somos el resto del año. Hay quienes también vislumbran el tiempo libre como periodos permisivos en los que es posible cometer todo tipo de excesos, y al terminar sus vacaciones vuelven a la vida normal con una lista de propósitos y promesas que también, en muy pocos casos, duran lo suficiente como para erigirse en hábitos. La realidad es que las vacaciones pueden, como mucho, acentuar ciertas cualidades o ciertos defectos de nuestra personalidad y, rara vez, nos transforman en lo esencial.
Creo firmemente que todas las personas deberían dedicarse a aquello que verdaderamente aman y que a la vez les permita desarrollarse plenamente como seres humanos. De esta manera, no existiría una escisión entre nuestro trabajo y nuestra vida privada, o entre nuestros periodos laborales y nuestro tiempo de ocio, ni tampoco entre nuestro estilo de vida durante la semana y nuestros hábitos y costumbres los fines de semana. Así, sencillamente nuestro trabajo sería una expresión de nuestra vida personal y ambos se complementarían más que enfrentarse. Entiendo que no es fácil encontrar este equilibrio, más aún en una sociedad que no promueve este encuentro o, que más bien, no facilita el camino para que tal descubrimiento se produzca. De cualquier manera, todo descubrimiento es algo que no surge de pronto de la nada sino que es siempre el resultado de un proceso de maduración que se ha ido produciendo a lo largo del tiempo. Ya decía Swami Sivananda que somos lo que pensamos. Nuestra búsqueda comienza con las ideas que alimentamos en nuestra mente. Puede que éstas tarden más o menos en materializarse pero finalmente siempre lo hacen; las ideas que impulsan nuestro desarrollo y también las ideas que lo ralentizan.
Decía líneas atrás que para disfrutar verdaderamente de nuestro tiempo libre hemos de ser muy conscientes de aquello que necesitamos. Para ello, primeramente hemos de someter nuestra vida privada a un proceso de revisión; comprendiendo nuestras necesidades, aprendiendo a prioritizar, encontrado nuestros tiempos de soledad, de disfrute, sorteando las tensiones, atreviéndose a cambiar cuando el alma lo pida, aceptando lo que ha de permanecer como es o como está.

casa Cada vez son más las personas que buscan pasar su tiempo libre de otra manera; procurando que este tiempo de ocio pueda ser también un tiempo para aprender, para explorar con más profundidad y dedicación aquello que otorga sentido a sus vidas; para hacer balance, para disfrutar sin por ello tener que abusar de nuestro cuerpo y mente o de nuestro entorno. De este deseo surge el concepto de las vacaciones inteligentes o vacaciones sanas, como contrapunto a ese otro tipo de vacaciones que deja tan sólo una sensación de vacío o de haber malgastado una oportunidad preciosa para descansar cuerpo, mente y espíritu.

Dentro del contexto del yoga existen distintas posibilidades: casas rurales que entre sus actividades ofrecen la práctica del yoga, retiros de fin de semana, seminarios de una semana o hasta de un mes en entornos naturales,  incluso la oportunidad de pasar un tiempo en un ashram, término que aunque generalmente se traduce como templo o monasterio, en realidad no expresa la verdadera dimensión de lo que significa. Un ashram es un lugar que nos ofrece la posibilidad de experimentar una vida simple en un entorno agradable y armónico, donde se dan las condiciones necesarias para poder desarrollar una actitud positiva y la oportunidad de cambiar nuestra perspectiva de cada día.
No obstante, quisiera terminar este artículo, insistiendo en la idea de que los cambios hay que irlos incorporando  y adaptando en la vida diaria, y que los periodos de tiempo libre nos ofrecen la oportunidad de reforzar los hábitos adquiridos o de profundizar en ciertos aspectos de nuestra vida; pero que no hay que olvidar que, finalmente,  es el día a día lo que define nuestra vida y le otorga su sentido.


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2. Práctica de meditación:
tomando consciencia de uno mismo.

yoga

Siéntate cómodamente en un lugar tranquilo donde nadie te moleste. Cierra los ojos y sencillamente piensa en ti.
No formules ninguna pregunta directa sobre ti, ni intentes juzgarte ni describirte de ninguna manera. Tan sólo concéntrate en ser tú y en lo que experimentas en este momento. Sé consciente de lo que sientes, ya sean pensamientos, emociones, sensaciones corporales, sonidos, lo que sea. Lo que estás haciendo es tomar consciencia de lo que significa ser “yo.” No intentes aferrarte a nada de lo que este “yo” está experimentando. Simplemente observa lo que ocurre, tomando distancia si puedes.
Continúa con este ejercicio durante unos minutos, hasta que sientas que has logrado aprender algo; entonces abre los ojos.

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¿Qué es lo que has aprendido?
No te preocupes si te resulta difícil traducirlo en palabras.

Quizá ha sido simplemente la experiencia de ser consciente de ti mismo como un ser vivo, con sensaciones corporales y con un hilo de pensamientos pasándote por la cabeza.
Quizá te has dado cuenta del poco control que en realidad tienes sobre tus pensamientos en este momento.
Quizá te has dado cuenta de que tus pensamientos parecen surgir de algún lugar profundo y desconocido dentro de ti, y que no tienes idea de dónde vienen o de cómo se forman.
Quizá has reconocido que en medio de todos estos pensamientos y emociones y sensaciones corporales, resulta muy difícil saber dónde está (y quién y qué) este “yo” realmente es.
Quizá hayas reconocido que la vida – y el estar vivo- es un asunto muy misterioso, y que normalmente damos por hecho, pero que en momentos como este reconocemos como impenetrablemente extraño.
Quizá lo que has sentido es algo totalmente personal, y no se corresponde con nada de esto.

No importa. Lo importante es que esta práctica pueda ser el comienzo de un viaje interior, un viaje que no nos lleva a otro país sino a un lugar donde ya estamos y siempre hemos estado, y que nos ayude, tal como dijo el poeta T.S. Eliot “a conocerlo por vez primera.”
Carl Jung, el gran psicólogo suizo, dijo una vez que no sabemos donde termina la mente; y tenía razón. La meditación nos ayuda a explorar parte de esa desconocida inmensidad dentro de nosotros.

Tomado y traducido del libro Meditation por David Fontana

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3. Transforma la mente. Por Swami Satyananda.

Swami Hay una cosa sencilla que todos en este mundo deberían saber: ‘el hombre es mucho más de lo que aparenta ser.’ En cada ser humano existe un estado de consciencia, una dimensión de la personalidad que es viable, poderosa, creativa y que está más allá del dolor. Hemos vivido en el cuerpo, y continuamos viviendo en el cuerpo; esta es la tragedia de nuestra vida. Tenemos una mente y no lo sabemos. Tenemos una cobra en nuestro bolsillo, tenemos una bomba a punto de explotar, tenemos los tesoros de los tres mundos bajo nosotros, y no lo sabemos.

El yoga es un sistema científico a través del cual es posible transformar nuestro estado de consciencia. La misma mente que sufre el dolor es igualmente capaz de experimentar el placer. La felicidad y la miseria son ambas expresiones de la misma mente humana en diferentes estados. Por tanto, en lugar de luchar contra el dolor, en lugar de dar golpes en la oscuridad, ¿por qué no buscar la luz? A menos que seas capaz de controlar la mente, jamás podrás controlar los asuntos de la vida.
Los rishis de la India comprendieron la relación entre la mente y la vida. La vida influye en la mente y la mente influye en la vida. Por supuesto que no puedes controlar la vida; sencillamente no es posible. Pero con la ayuda del yoga y de la meditación, puedes controlar la mente. Si eres capaz de ejercer control sobre tu mente, entonces eres un yogui.

Swami Satyananda

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