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Airear la casa
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Airear la casa Por Carlos Benavides
Hay cosas que el sentido común, la experiencia o el recuerdo, nos avisan de que algo no anda bien, que algo falla o no está en armonía. Me refiero a cosas tan simples y manifiestas como el aspecto y el estado en el que algo o alguien se encuentra.
¿Quién no reconoce la apariencia que ofrece un pobre o un rico, o un enfermo o un sano o, por supuesto, la fisonomía de un famélico o, su contrario, un obeso?
Realizamos muchas actividades al cabo del día que nos ayudan a paliar estados no perfectos o indeseados de nosotros mismos o de nuestro alrededor. Dedicamos tiempo y paciencia en lavarnos las manos, los dientes, ducharnos y en general asearnos, en ir a la compra, cocinar y comer. Tiempo y esfuerzo en comprar y lavar nuestras ropas, ocuparnos en arreglar la casa con sus interminables labores y, en fin muchas tareas, para de alguna forma encontrarnos a gusto y satisfechos.
¿Te imaginas que aspecto tendrías sino te alimentaras lo necesario, si no te lavaras con cierta regularidad, sino descansaras a diario, no ventilaras la casa en la que vives y tampoco cambiases las sábanas y tus ropas por otras limpias? Seguro, seguro, que te encontrarías a disgusto, incómodo e infeliz. Por ello, en mayor o menor medida, la educación que recibimos, tanto en casa como en la escuela y en la sociedad en general, nos enseña a cómo realizar todos estos cuidados. Sin embargo, hay otros aspectos de nuestra persona que descuidamos completamente y que, no solamente no fomentamos, sino que tristemente olvidamos su importancia y abandonamos su atención.
Y me refiero, por ejemplo, a respirar. Sí, respirar. Hay mucho escrito y mucho por comprender sobre esta función imprescindible y vital para vivir. Gracias a ella nos alimentamos segundo a segundo despreocupadamente, sin tener que atender ni al cómo, al durante o al después; diríamos que es mas fácil e inconsciente que tomar alimentos sólidos. Pero es que la naturaleza, tan sabia y eficiente como siempre, ha predispuesto que esta función se realice automáticamente, y así no permitir que en ningún momento pueda caber la posibilidad de fallo u olvido. Además, la naturaleza también pone al servicio de esta acción sumas ingentes de espacio atmosférico con oxígeno y aire, porque como todos sabemos sin ingerir alimentos sólidos podemos estar semanas, sin beber días, pero sin respirar, acaso algún minuto. Ahora bien, la respiración también se puede convertir en algo consciente, todo un lujo para ser una función tan vital, lo cual nos permite poder utilizarla para cumplir objetivos marcados.
Con la respiración podemos alimentarnos mucho mejor de lo que hacemos y podríamos añadir, por experiencia profesional a la hora de reconocer a famélicos y hambrientos de aire (con sus miradas apagadas, atención dispersa, piel seca y gris, mente ansiosa y angustiada), que alimentarse con la respiración se vuelve cada vez algo más y más valioso e inestimable en nuestro actual estilo de vida.
Por hoy bastará despedirse con un simple ejercicio de respiración, que si lo practicas cada vez que te sientas cansado o tenso, te permitirá disfrutar de un trago de tranquilidad. Por un instante, cierra los ojos e imagínate que abres una ventana a un espacio abierto a la naturaleza; por ejemplo, al mar y su brisa; o a las montañas verdes y arboladas; o a la imagen de un ser querido; o simplemente a un recuerdo agradable. SONRIE y RESPIRA, inhalando con placer, oliendo el perfume misterioso y delicado que emana de tus recuerdos. Luego, cuando estés a pulmón lleno, deja escapar el aire por la boca juntando los labios y haciendo el sonido “fffff”, desinflándote por completo, dejando ir toda tensión y cansancio por esta válvula de escape. Afloja los hombros, las mandíbulas y el cuerpo en general. Sólo con esto sentirás el alivio de haberte refrescado. No dudes en airear tu casa siempre que necesites un respiro.
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